miércoles, 27 de octubre de 2010

Primavera en octubre

Por José Ignacio Camey B

No es el tiempo cuando la primavera floreció en octubre, tampoco los años en que la montaña era el resguardo de sueños e ideales, de enjundia y convicción, de entrega y amor.


Lejos queda aquel 44 y su 20 de octubre, los agitados días que precedieron el alba, la decisión y disposición de convencidos universitarios, germen incuestionable de esta “revolución”. Tiembla el colectivo imaginario de la justicia con el recuerdo preciso del ocaso del régimen imperial, del trabajo forzado, de la criminalización del indio desempleado, del servilismo al Fondo Monetario Internacional y de los gustos de vedette del tirano.

También queda lejos la irracionalidad inspirada en el odio de quienes siempre acusaron de comunista el proyecto iniciado en octubre. La honestidad indica que por lejos, en sus inicios ni siquiera se trató de una verdadera revolución, fue un movimiento de reforma democrática, inspirada por los desmanes de la sociedad feudal guatemalteca, el intervencionismo extranjero y la tiranía de las autoridades estatales, universitarias y militares. Así, ese puñado de jóvenes universitarios y jóvenes oficiales, trataron de corregir el rumbo, como lo añora la Guatemala de hoy. Debían partir de cero y siguiendo la construcción marxista del comunismo, necesitaban forjar como peldaño indispensable, el socialismo a través de la economía fortalecida en la acumulación local de riqueza. La Constitución del 45 no es comunista, simplemente anti imperial, la suprema norma en armonía con la dignidad y soberanía; eliminaba monopolios, latifundios y daba paso a una reforma agraria que debía construir el capitalismo campesino, la necesaria vinculación de las capas sociales marginadas, al amplio proletariado.

Lejos queda ese nivel de soluciones para la patria que hoy agoniza y pide clemencia en el final de un ciclo en donde el cuasi feudalismo y el colonial neoliberalismo, que imperan de forma aislada, pero peligrosamente en el mismo espacio territorial, ahogan a pausas aceleradas la vida, la oportunidad, el desarrollo y la paz.

Esa inspiradora época de independencia culmina con la invasión del ejército de “maldición” nacional, inaugurando las décadas del horror, el inicio del pasaje ardiente de dolor, con la madre tierra bebiendo sangre de liberación. Hoy entre cenizas de fuegos humanos provocados por la opresión y la dominación, resurge la esperanza en nuevos líderes, en los primeros intelectuales que surgen jóvenes en el empresariado y en el brote constante y permanente de la intelectualidad rebelde y vigilante, esperando el dialogo y la concertación, todo entre oasis excitantes como la repatriación en pleno 20 de octubre del Grupo SakerTi del Siglo XIX.

Hoy viajé, como queriendo desprenderme de los urbanismos aberrantes, en búsqueda del paraíso natural, de la quietud y el silencio, de la compañía que llega al corazón y evoluciona el pensar. Al partir logré observar la pequeña serpiente que avanzaba sobre el frío asfalto, decorada de hermosas damas, luminosas pancartas, banderas rojas desteñidas, gritos sin sentido y festejos forzados; sí, forzados y manipulados por los eternos domadores de diminutos reptiles, por esos que han vivido de la revolución, por esos que la infiltran, por los oligarcas de la ilusión, quienes año con año, abofetean a Arbenz, a Arévalo, a Poncho Bauer y a todos los próceres de esta patria, cada vez que sus fauces corruptas rugen con hipocresía: “Viva el 20 de octubre, Viva la revolución”

No hay comentarios:

Archivo del blog